«No quiero hacer lo mismo que mi viejo»

La identificación con “su viejo” es muy fuerte en tanto la afirmación aún por la negativa lo incluye y lo tiene en cuenta en su “hacer”. Ese modo diseña el camino, lo marca, y le plantea estrategias de cómo vivir. Todas conocidas, todas ya hechas por el “viejo”.
Lo opuesto ¿es una alternativa?. No, ya que sigue habiendo un modelo, una garantía de lo que puede pasar. Tanto si hace lo mismo como si hace lo contrario ya sabe cómo va a terminar.
No obstante ¿Se puede hacer lo mismo? ¿la vida de uno y otro son intercambiables? ¿Se puede elegir lo mismo o lo contrario? Solo en la fantasía es posible. La elección aunque parezca similar nunca es la misma. Por ejemplo, el padre eligió una pareja, el hijo puede elegir una parecida en rasgos, características aunque no la misma.
Lo que habitualmente se denomina “mandato” tiene que ver en el mejor de los casos con el deseo del “viejo” respecto de su hijo que con el de él mismo y el hijo en este caso tratará de cumplirlo o no, de llenar sus expectativas o no, de satisfacerlo o no.
Y su deseo ¿de qué se trata?
No querer hacer lo mismo puede al menos abrir la pregunta sobre qué quiere, cómo lo quiere hacer y hasta quién es. Puede ser un punto de inflexión, de elección, de crisis, que instale una palabra antes del impulso.
En definitiva, es a partir de poder cuestionar ese modelo que habrá lugar para el deseo.

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