Sociedad infantilizada

En la mayoría de los casos la ignorancia es algo superable.
No sabemos por qué no queremos saber.
Aldous Huxley

La historia, una novela ficcional
Nuestras historias personales, así como la historia de la sociedad en la que se desarrollan, no se despliegan de acuerdo a lo que esperamos de ellas. Solo accedemos a ellas contando cuentos. De esa manera, eludimos, reprimimos, sepultamos y olvidamos aquello que nos atemoriza, nos avergüenza o nos ridiculiza e inventamos leyendas en las que solemos salir “mejor parados”. Este invento a menudo no es consciente, no por ello dejamos de ser responsables de su invención.
La historia como tal es pues una ficción, una novela, un recurso que tenemos para poder contar quienes somos, en qué creemos y cómo arribamos a los lugares que establecemos como nuestra filiación, nuestro linaje e identidad. Estas novelas llegan a ser tan populares que construyen sociedades, religiones, hechos culturales por los cuales se llega a dar la vida y matar en nombre de ellos. Este modo de historizar – la leyenda – sólo puede dar lugar a repeticiones, nunca a revisión. Es un dogma que resulta incuestionable y retorna tanto al individuo como a la sociedad en modo de síntoma, de enfermedad, de conflicto.
Cuando se habla de repetir historia, en todo caso repetimos el cuento. Para acceder a la historia es necesario realizar una deconstrucción, una revuelta, poner en cuestión y en relieve aquellos aspectos míticos que damos por ciertos.
Así es entonces que, tanto la sociedad como los individuos que la componen construyen su historia sobre mitos fundantes y ficcionales a los cuales le atribuyen todas las características que le son constitutivas.
Esa atribución es retroalimentada constantemente y produce cambios y variaciones tanto en la sociedad como en sus individuos estableciendo los diversos modos de relacionarnos, la subjetividad en cada época.

Características de los tiempos actuales
No se pretende dar una versión o una teoría única al respecto, sino, en todo caso, lo que se propone es ofrecer algunas coordenadas que permitan delimitar con mayor claridad las modalidades en las relaciones y su efecto en la sociedad de estos tiempos.
Algunas de estas características se configuran por ejemplo por:
1. Un creciente predominio de la imagen;
2. Creer en que la libertad es la prescindencia total de reglas;
3. La enfermedad como nuevo modo de inclusión.
4. Un sistema político-social que promete un único fin: alcanzar la felicidad sin ningún tipo de escrúpulos ni valores para lograrlo. (Para aquellos interesados y que quieran ampliar esta perspectiva les recomiendo se remitan al texto “En busca de la felicidad”)

1. Un creciente predominio de la imagen
“Me gusta”
Bajo el imperio de las redes sociales, un modo de subjetivación moderno comienza su operación. Las redes sociales son el nuevo “lago” donde Narciso mira fascinado su imagen. Los sujetos se sumergen en la red, se espían, se celebran, se señalan, se vigilan. Las redes sociales son el nuevo panóptico que todo lo ve y controla.
Es el nuevo mundo donde se produce la identificación con otros, con un modo de aparecer y parecer sancionado por los modelos que operan en la redes, transformando los ideales en realidades. De modo tal que una imagen solo será valiosa por el nivel de reacción y aceptación con el que esa imagen sea sancionada.
¿Dónde queda la comunicación? o mejor expresado ¿Qué es lo que se comunica?
En la comunicación privada entre dos sujetos se produce una interacción, un intercambio, un ida y vuelta que los recorre, los interpela, los conmueve y emociona. En cambio en la red, ese sujeto interactúa con otros de manera pública y abstracta, alternando su condición de espectador y de creador de espectáculo. Las relaciones quedan mediatizadas ya no por el lenguaje y los discursos, sino por la especularización, el predominio de la imagen. Imagen que reemplaza la realidad.
Esto no es sin consecuencias.
Las más habituales, que suelen escucharse en el consultorio, son estados de ansiedad, sensación de frustración, vacío y pérdida, euforia, tristeza, cuando no se produce la sanción “esperada” de los otros.

2. Creer en que la libertad es la prescindencia total de reglas
Es muy habitual escuchar y observar en diversos espacios tanto públicos como privados, una modalidad de acción que no se siente responsable por lo que hace y dice. Entendiendo que la responsabilidad es la aceptación de las consecuencias de una acción.
El problema de esta situación es que le atribuyen todo el tiempo a un otro (padre, madre, pareja, amigos, jefe, hijos, Estado, etcétera) que solucione todo, o al menos eso se pretende. Los ciudadanos se han convertido en niños; niños inermes e irresponsables incapaces de hacer nada por ellos mismos. En esa infantilización han devenido quejosos, despóticos y exigentes que, como los infantes de verdad, piensan y asumen que todo debe ser resuelto por ese otro. En forma solidaria con esta postura surge la tendencia a la frustración en tanto los caprichos y pedidos no se cumplen y la espera eterna por que se cumplan. Aquí es donde cualquier otro ocupa un lugar privilegiado. La gente llega a delegar incluso lo más propio de sí, su singularidad.
La esperanza de vida aumenta incesantemente, la población envejece, y aún así los rasgos infantiles permanecen en una escala significativa de personas adultas.
La juventud se ha convertido en icono de culto y de veneración. La gente intenta aparentar juventud recurriendo a innumerables excesos. Más llamativo es que un creciente número de adultos se vanaglorie de su propia inmadurez e imiten conductas de los jóvenes en lugar de ser modelos para ellos.
La cultura y su transmisión, la filosofía y la reflexión se empobrecen y son sustituidas por el impulso y la búsqueda de la satisfacción instantánea. Con motivo de ello, además, el discurso político se simplifica, dogmatiza, se limita a consignas vacías y sin contenido.
Una sociedad infantilizada no puede valerse por sí misma y busca quien la cuide y proteja. Necesita “expertos”, gurúes, guías que le ayuden a manejar una vida que se le hace peligrosa, y donde sienten que son vulnerables.

3. Nuevos nombres, nuevas enfermedades
“Yo no sé qué me pasa, algo debo tener”
Suelen desresponsabilizarse de sus síntomas y demandar en cambio una solución rápida, un diagnóstico nomenclado o un medicamento urgente sin interrogar la causa de su malestar.
Es muy habitual que en la actualidad cualquier hecho o acontecimiento se lo diagnostique y trate como una enfermedad, trauma y se consulte todo con un especialista, con un saber, derivando en que muchas personas dejan en manos de otros las decisiones sobre su vida y su organización.
La responsabilidad ya no es del sujeto. Es de una enfermedad. “Dicen que tal cosa u otra no puede hacerlo porque le causa pánico, ansiedad o vaya a saber qué síntoma”.
En más, existe una demanda creciente por el diagnóstico, casi como una moda que impone que “algo tenés que tener” y en forma solidaria un sinnúmero de patologías, enfermedades y sus correspondientes remedios, medicación farmacológica y/o terapéuticas o la combinación de todas ellas.
Cada uno de nosotros es una imagen, una historia, una ficción. Atribuimos y nos atribuyen toda una serie de connotaciones, simbologías, características como a cualquier objeto de este mundo y nombramos todo lo que podemos nombrar. Incluso a nosotros.
Es así como cualquier interrogante, cualquier atisbo de pregunta se cierra con respuestas mercantilistas, cosméticas, y si eso no la apaga, se diagnostica y medicaliza.
Asistimos pues a la promesa por la felicidad y las consecuencias de esta promesa la estamos padeciendo.
Esta postura, por otra parte, no es siquiera en modo alguno, traducida en una corriente operativa, que impulse la queja ya no a la solución, sino al origen de la queja.

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