Las buenas intenciones

Dicen que las personas con buenas intenciones no tienen porqué dar cuenta de lo que hacen y menos darse cuenta de qué están haciendo.

Resulta paradojal en cierto sentido ya que las “intenciones” buenas o malas, tienen un propósito, intentan conseguir algo a cambio, reconocimiento, agradecimiento y correspondencia por citar algunas características.

Una cosa es acudir en ayuda de quien la necesite y solicite y otra es hacerlo sin que lo demande. En este caso, aparece siempre esa persona que dice “lo hago, te lo digo, te aconsejo… con buenas intenciones”.

¿Qué observa o descubre esa persona en la otra?

Algo de su incapacidad para resolverlo por sí misma. Encuentra a ese otro invalidado, carente, imposibilitado, necesitado, en falta, incompleto y la persona con buenas intenciones “lo ayuda”.

Resulta muy interesante escuchar sus reclamos y quejas cuando el receptor de esas intenciones responde con malas.

Una mujer insiste en satisfacer todos los caprichos de su marido. Todos los días le hace la comida, le prepara la vianda para el trabajo, le lava, le plancha y realiza innumerables “sacrificios” en pos de que él la reconozca y le corresponda cosa que nunca ocurre, es más, le demanda y exige cada vez en mayor medida y con mayor arbitrariedad. La mujer queda angustiada y aún así lo sigue haciendo. Sus buenas intenciones producen un lazo y un modo de sostenerse en un lugar sin equivalencias en el cual “el caprichoso” resulta cuando menos un “niño” y el adulto se queja que ese niño no le corresponde su “amor”.

La asimetría que marca esta relación engaña a cualquier desprevenido, incluso a la propia bienintencionada ya que considera que “él” es un ingrato y “ella” una sacrificada y que lo único necesario para mejorar la situación es que “el” cambie y le agradezca.

La intención de la mujer, es que al ser “buena”, él queda del lado de los “malos”. Por lo pronto esta idea resulta infantil en tanto pretende que “el otro” tiene que ser como “yo”. Es decir, una relación especular basada en la rivalidad, en la cual los contrincantes dirimen sus intenciones en el ring de su casa.

En definitiva estamos en presencia de una relación “incestuosa” ya que no hay un hombre ni una mujer, aunque claro está solo por ello merece otro desarrollo.

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