La angustia es señal de deseo

La angustia es lo único que no engaña en el discurso de un sujeto. Señala un quiebre. Es un punto en la historia en donde lo que se decía y hacía no se puede seguir sosteniendo en el tiempo. Algo pasó y el sujeto se anoticia por sus efectos. La angustia aparece cuando algo no se puede enlazar fácilmente con la historia. Algo no se comprende. “¿Cómo seguir?”, “¿Qué pasó?”, “¿Qué hago ahora?”, “¿Por qué me pasa esto?” Son algunas de las preguntas que se escuchan en el consultorio.

La angustia además señala una diferencia con el saber del otro.

Se puede ir por la vida actuando según parámetros familiares, culturales, sociales, otros. Estándares que funcionan como respuestas para decidir, para elegir y vivir la vida. Son repeticiones inconscientes que se instalan como saberes personales, pero… en verdad, ¿son propios o prestados? 

¿Alguna vez te pusiste a pensar de dónde vienen los saberes que sostenés como tu verdad? o incluso, ¿por qué sostenés esos?

Es por la presencia del otro en la vida de cada uno que actuamos conforme a lo que creemos que es su deseo: “El otro me quiere así”, “Si hago esto, el otro me va a querer”, “No me lo dice, pero yo se que seguro quiere esto”.

En la historia de cada uno hay un otro, encarnado por el padre, la madre, la pareja, un referente, por ejemplo un maestro de escuela, quien nos crió o nos dijo incluso como se debería hacer o vivir. Un otro que tuvo un lugar importante en nuestra constitución, al que escuchamos y le otorgamos un valor a su palabra. 

Luego a través del proceso de introyección ese otro se incorpora, es decir, lo recreamos a nivel inconsciente y mantenemos una especie de diálogo. Nos acompaña guiándonos, obligándonos, sancionándonos, indicándonos, sobre cómo hacer, qué elegir, de qué modo, cómo comportarnos, qué querer. ¿Acaso nunca escucharon al Superyó decirles que estaban haciendo mal, que estaban equivocados o eran culpables de algo? Nunca se está solo, el Yo siempre está redoblado por la presencia de una voz (otra).

Gran parte de la vida le rendimos cuentas: “Yo hago esto porque es así”, “Así soy”, “Es el único modo de hacer las cosas”, y nos justificamos, nos excusamos, nos disculpamos, y hasta a veces discutimos con ese otro que creamos.

Y si lo creamos es para que haya alguna garantía, un refugio, para no sentirnos tan solos y desamparados en la vida. En definitiva, para no darnos cuenta que estamos solos con nuestros actos y decisiones. Nadie más que uno mismo para decidir sobre su propia vida. Pero (porque siempre hay un “pero” en la vida del neurótico), encontrarnos solos puede angustiar.

Y así llegamos a este punto. La angustia es señal de que el otro que creamos no lo recubre todo, no tiene todas las respuestas para indicarnos a cada paso cómo vivir y qué decisión tomar.

La angustia emerge cuando no hay una respuesta prefigurada y cada sujeto está convocado a un lugar inédito donde debe crear sus propias respuestas, generar un saber nuevo.

La angustia abre camino en el trabajo de un análisis. La angustia nos acerca a nuestro deseo más allá del otro.

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