El limbo de la depresión: Entre la vida y la muerte

“No tengo ganas de nada. Me quedo tirado en la cama todo el día. Nada me entusiasma. Todo me aburre. Me enojo todo el tiempo. Todo lo que me dicen no me gusta. La gente me tiene podrido. Odio a todo el mundo. Nada de lo que hago me interesa. Soy un inútil. No valgo nada. Nada de lo que hago me sale bien”

La característica que predomina en el sujeto que se nombra depresivo  es el corte progresivo de los lazos con el mundo que lo rodea. Hay una tendencia a no convocar al otro, no lo necesita. Se desengancha casi por completo de relaciones y de actividades.

Al mismo tiempo, de lo que no se puede desenganchar es del otro terrible de su inconsciente que le señala y lo acusa por su condición, su estado, su dejadez, de cualquier cosa que intente hacer y se siente juzgado y observado todo el tiempo. Le cree, no puede ponerlo en cuestión, no se le está permitido. El sujeto queda paralizado.

El sujeto no sabe que está en un limbo, que está entre dos escenas, una de ellas es la exigida por el otro terrible de su inconsciente, ideal y por lo tanto inalcanzable, y la otra, aunque posible, es la que no intenta y de la que cree no tener acceso, que no construye ni se anima a transitar.

Bailar el limbo es poner algo en movimiento, incluso si eso es bailar entre la vida y la muerte. 

¿Bailamos?

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