El encuentro con el otro, ¿es con el otro?

«Para verte como yo quería era necesario empezar por cerrar los ojos» – Julio Cortázar

Cada uno de nosotros construye su propia realidad y se relaciona con ella de un modo particular.  Esa construcción surge en el mismo momento en que arribamos a este mundo, producto de las relaciones con las personas que interactúan con nosotros.  Es un largo proceso que nos atraviesa de tal manera que dejamos de reconocer que es nuestra construcción para creer que es compartida. De alguna forma por convención, coerción, formación y por afecto y reconocimiento convenimos con los otros que la realidad es una sola y que todos formamos parte de ella.  El lenguaje es indispensable para que ello así ocurra.

Es con ese lenguaje que construimos la realidad, la simbolizamos, la nombramos y nos nombran.  Y es a través de él que establecemos las normas, las reglas y el orden en que podemos vivir en comunidad.

Esta realidad nos preexiste y a su vez la modificamos cuando interactuamos con ella.  Cada uno de nosotros, necesariamente, sostiene esta realidad y se transforma en una especie de policía de control sobre aquéllos que no lo hacen.  Es así que apartamos, discriminamos, encerramos, educamos, formamos, asilamos e inclusive aislamos a todas aquellas personas que no se asimilan a esa realidad.

Dentro de esta realidad asignamos y nos asignan diferentes roles que portamos, soportamos y con los cuales también nos peleamos, nos engañamos y los padecemos.

Cada uno de nosotros juega un papel, un rol, que desempeñará de acuerdo a su capacidad, aptitud y actitudes con las cuales fue formado y ha ido desarrollando en su vida.

Se podría hablar de un determinismo que fija las formas en que se lleva a cabo nuestra vida.

Es en esta realidad que llevamos a cabo nuestras relaciones afectivas, nuestros encuentros amorosos, con una modalidad de la cual ni siquiera se está advertido.  

Es así que las relaciones que llevamos a cabo están determinadas por nuestra realidad, la que construimos, y dentro de ella a la que asignamos posible de conocer.   Surge pues, en ese sentido, un modo particular de conocer al otro, que se produce solo si ya la conocemos en nuestra realidad.

En este encuentro aparentemente fortuito,  se establecen las condiciones que harán que sea duradero o no, que tenga dificultades, tropiezos, encuentros y desencuentros y toda clase de acuerdos y desacuerdos.

Es por ello que,


el otro que conocemos, ¿es otro?

Uno de las consultas más frecuentes en el consultorio tiene que ver inicialmente con que los otros se apartan de su realidad y los consideran equivocados, errados o manifiestamente en su contra.  Ese encuentro con otro que también ha construido su realidad y que pone en juego cuando se encuentra con otro. Esos dos que se encuentran, cada vez, ponen en riesgo la realidad compartida y construida.  El riesgo es, que en ese encuentro, algo de esa realidad caiga y dé lugar a otras cosas. Es así, que con cada encuentro se pone en juego el determinismo y la creación.

La mayoría se aferra sin saberlo al determinismo, está convencido que de ese modo solo es posible llevar a cabo sus relaciones y es por ello que solo se relaciona con otros que comparten su misma realidad y rechaza a quienes no lo hacen.  Es así que las relaciones basadas en el determinismo, no modifican en nada la realidad que los preexiste, a la que adhieren incondicionalmente y que sostienen y soportan sin crítica y exilian a los que se apartan de ella.

A aquéllos que prosiguen, que intentan atravesar esa relación a pesar de que no es del todo determinada por su realidad, los asiste pues una pregunta.  ¿De qué se trata eso que está más allá de lo que conozco?

Entre lo que se siente y se expresa hay una diferencia crucial, un malentendido.  Es por decirlo de algún modo, una traducción de las intenciones, emociones y sensaciones en palabras.  Traducción que por definición es imposible, considerando que solo se puede decir casi lo mismo, nunca lo mismo.

De la misma manera, y siguiendo esta lógica, aquel que escucha, lo hace desde alguna posición con sus intenciones, emociones y sensaciones.  Y es allí donde lo que surge no es ya lo que se escucha, sino una interpretación.

De modo que toda comunicación es fallida, nos mal-decimos todo el tiempo porque resulta imposible decir algo en un solo sentido.  Somos poetas, que todo el tiempo, intencional o no, hablamos metafóricamente.

Cuando se expresa algo en palabras se vehiculiza algo del deseo y es habitual que nada lo recubra o lo abarque totalmente, que quede en modo bastante crudo y es allí que lo que surge es la transmisión, es decir, algo que excede, a veces en mucho, a lo que se quiere decir y por consiguiente a lo que el otro quiere o puede escuchar.

En esos encuentros las palabras pueden despertar pasiones de todo tipo y color, siempre en modo poesía, donde habita la metáfora en todo su esplendor.


Hablamos porque no podemos decirlo todo

El hablar es pues un corte al discurso totalitario, al determinismo, a aquello que se impone y que pretende decirlo todo, lo hace caer y contribuye sin ambages a construir nuevas relaciones, relaciones que si bien son limitadas a las palabras, la ubican dentro de nuevos discursos.  Discursos que no buscan agradar o complacer, como así tampoco agraviar o denostar. Solo expresan una posición, la que provisoriamente se ocupa, en ese discurso que los aloja. El sujeto que predica lo suyo en esta nueva oración.

La transmisión tiene esas cosas.  Y es de esperar que le atribuyan un lugar que no es el suyo.

Esa es entonces el lugar de la creación. Hablar y escuchar. Y en ese hablar y escuchar ir más allá de lo entendido, de lo comprendido, de lo determinado,  y poder alcanzar esa pregunta que va más allá de la realidad circunstancial.

Es probable que avanzar en ese encuentro aunque no se corresponda del todo con nuestra realidad, ir más allá de ese encuentro original, dará lugar a que se pueda producir otro encuentro, un encuentro de otro orden que permita conocer con quien establecemos nuestra relaciones.  

Algunos se toman en serio estas cuestiones y avanzan, preguntan de qué o de quién se trata, curiosean.  Otros, sólo encontrarán siempre a la misma persona.

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