El amor en la estantería

En los últimos tiempos la tecnología nos ha acercado a una de las tareas más antiguas que realizaban los seres humanos primitivos: La recolección. Resulta llamativo que después de tanta “evolución” en la que atravesamos diversas etapas creativas, desarrollo y puesta en acto de ideas, trabajo y elaboración artesanal e industrial, terminemos haciendo como nuestros antepasados que salían por los bosques a recolectar de los árboles los frutos para su comida. Solo que ahora, en forma sedentaria, sentados frente a un celular o una PC.

El formato de los sistemas de compras on line, de los supermercados, y de otras plataformas donde simplemente se elige un producto, se lo sube a un carrito virtual, se paga y te lo llevan a tu casa lo ha hecho posible.

No está claro, si elegimos lo que compramos o esa elección se encuentra determinada por nuestro historial de compras, algún algoritmo que clasifica nuestros gustos o cierta tendencia capitalista a que el sistema nos imponga lo que necesitamos.

Lenta pero armoniosamente con esta idea, este sistema se ha extendido a la búsqueda del amor. La exhibición en la vidriera virtual nos acerca a un universo de posibilidades que de ningún otro modo tendríamos al alcance de la mano.

Las variantes que se ponen en juego son múltiples. Se puede hacer una búsqueda por casi cualquier cosa que se les ocurra, incluso, como sucede en las compras, se ofertan productos que ni siquiera hubieras mirado si no estuvieran en un estante o vidriera privilegiada.

En el carrito del amor ponemos los ingredientes y el sistema nos “matchea” con lo ideal y a veces, cuando no encontramos nada, nos ofrece o sugiere algo, elige por nosotros. 

Este sistema para ser exitoso no necesita satisfacer a sus clientes.  Aunque resulte una paradoja, precisamente para que se sostenga en el tiempo debe tener tantos usuarios insatisfechos como sea posible. Es la fórmula de la obsolescencia programada aplicada a las relaciones. Nada debe durar mucho tiempo para que se siga consumiendo.

Estas aplicaciones se abastecen de nuestra fantasía más primitiva y narcisista. Se basan en nuestra necesidad de encontrar aquello que se asemeja a nuestro ideal, lo que se ajusta a nuestra medida, nuestro modelo de amor y amante. Y claro está, de obtener como en toda compra, la garantía de que el producto no está defectuoso, fallado o roto. Incluso algunos pretenden la garantía extendida.

En esta vidriera consumidores y consumidos intercambian el rol permanentemente. La elección queda consumida, incluida dentro del sistema, hecha un algoritmo, consolidando una imagen de lo que creemos necesitar y a la vez siendo un producto que el otro va a “comprar” o no.

De esta manera, no hay renuncia a nada, solo hay que “agregar o vaciar el carrito”.

Nos hemos transformado en objetos descartables. 

Y ¿nuestra singularidad, el deseo, la creación, el encuentro, la pregunta? 

Parece que se acabaron las ofertas.

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